El toreo, además, tiene algo que hoy escasea: belleza. La gran belleza / l.o.
Vivimos en un mundo donde todo es impersonal, de plástico, fabricado en serie y sin alma. Donde la comida es de laboratorio, los recuerdos se consumen en TikTok y las ciudades se convierten en fotocopias sin estilo propio. Un universo donde lo auténtico se extingue a la misma velocidad que la batería de la aspiradora sin cables. Y, sin embargo, todavía queda un reducto –principalmente en España– donde sobrevive una fiesta que se mantiene contra viento, marea y pancarta: la tauromaquia.
ParadojasSí, los toros. Ese espectáculo que levanta pasiones y provoca úlceras ideológicas, que arrastra siglos de historia, arte y cultura, y que, curiosamente, cada vez suma más adeptos jóvenes. En un país donde se pixela un cigarro en una película para no dar mal ejemplo y donde Instagram bloquea fotos de toreros toreando, pero donde se aplaude sin rubor la música que degrada a la mujer hasta convertirla en un objeto sexual hueco, resulta paradójico que la guerra cultural se centre en prohibir algo tan nuestro.
Una sociedad que protege con entusiasmo a perros tratados como hijos, que se compra bebés de plástico tipo reborn para cuidarlos como si fueran de carne y hueso, que vive en una burbuja de realidad virtual, pero que se cierra en banda cuando oye hablar de un toro bravo. Un animal que, dicho sea de paso, vive en una dehesa idílica, en libertad, sin conocer el hacinamiento ni la explotación intensiva. Y que, si es elegido, muere –o no, porque también hay indultos– en una lucha en un ruedo, en un ritual donde se mide a su oponente en un duelo sangriento impensable si se creara e inventara hoy.
La comparación, aunque incómoda, es inevitable: ¿tú qué preferirías? ¿Vivir en plenitud absoluta, pastando a tus anchas durante años, y morir en un enfrentamiento digno de Gladiator? ¿O pasar toda tu vida en una jaula, sin ver el sol, para acabar tus días con una descarga eléctrica o una pistola de aire comprimido en la cabeza? La respuesta está clara. Pero no, el problema no son los pollos genéticamente adulterados, ni los cerdos que jamás pisan la tierra. El problema, dicen, es el toro bravo.
BellezaEl toreo, además, tiene algo que hoy escasea: belleza. La gran belleza. Es arte, estética, historia, tradición. Es cultura en movimiento, con su liturgia, su lenguaje, sus códigos. Ha inspirado a escritores, pintores, músicos, cineastas. Ha sido hilo conductor del genio español desde Goya a Picasso, de Lorca a Hemingway. ¿De verdad vamos a renunciar a eso? ¿Y para qué? ¿Para entregarnos a la homogeneización global que hará que Málaga y Sevilla acaben pareciéndose a una ciudad de Alemania?
El maltrato animal es, por supuesto, un asunto serio y digno de combatir. Pero para hablar de tauromaquia hay que hacerlo con inteligencia y sentido común, no desde la pancarta fácil ni el sentimentalismo de catálogo. No puede ser que una persona abanderada del «derecho a decidir» –incluso en su versión más extrema– se escandalice por una corrida de toros. No puede ser que quien ve normal triturar a un feto en el vientre materno considere una aberración el toreo o comer carne. Esa incoherencia es lo que degrada el debate.
Corregir excesosNo se trata de decir que todo vale. La tauromaquia también tiene que mirarse al espejo y corregir excesos. Hay que cuidar el nivel, las ganaderías, la lidia. Hay que desterrar las malas prácticas y proteger la grandeza del arte. El futuro probablemente vaya hacia corridas boutique: pocas, de gran calidad, con toreros de primera fila y toros de ganaderías míticas. Menos cantidad, más excelencia. El margen de mejora existe y es urgente.
Mi relación, sin ir más lejos, con los toros ha sido, y es como la de tantos otros españoles: de altibajos. De niño, con mi abono en la andanada especial pagado por mis padres, vivía cada tarde como una aventura. Luego vinieron los años de flaqueza, cuando presencié faenas infames con toros flojos y toreros sin alma. Pero también regresó la ilusión al ver, por ejemplo, en la Escuela Taurina de Málaga, a tantos jóvenes luchar y trabajar por un sueño que hoy resulta casi subversivo: ser torero en 2025, cuando lo normal en su generación es querer ser futbolista, concursante de reality o streamer de TikTok.
Pero hay algo que tengo claro: los toros hay que defenderlos. Porque están en peligro de extinción. No porque falte público –las plazas se llenan–, sino porque corren el riesgo de ser triturados por la corriente absurda del falso buenismo, la progresía mal entendida y el populismo emocional. Frente a ellos, la defensa absoluta de un arte que nos ha dado identidad, orgullo y carácter.
La ideológica aplicada al toreoUno de los mayores disparates que ha fabricado la maquinaria política y mediática del fake es la etiqueta ideológica aplicada al toreo. De pronto, y sin que nadie lo votara, se ha decidido que si te gustan los toros eres de derechas, igual que si te emociona la Semana Santa o valoras el patrimonio religioso. Y eso, además de falso, es profundamente perverso. Porque a los toros va gente de todas las ideas, de todos los partidos, de todas las capas sociales; desde el obrero que ahorra para una entrada en la sombra hasta el empresario que tiene abono en barrera, desde el socialista de carnet hasta el votante de Vox, pasando por el abstencionista que no soporta a ninguno. Pero para el relato interesado de cierta izquierda radical resulta muy útil simplificarlo: todo lo que huela a tradición, cultura popular o identidad nacional se mete en el cajón de la derecha rancia, para que así el joven indeciso se aleje de ello por miedo a ser facha. Es una estrategia vieja: no se combate el argumento, se demoniza la estética.
Y como en este país se vota más por emociones que por razones, el truco funciona. Lo dramático es que, al seguirle el juego, estamos dejando que la política de trincheras destruya uno de los pocos espacios que todavía no eran de nadie, porque eran de todos.
Defender los toros no es defender el sufrimiento animal por capricho, sino preservar un legado cultural, un símbolo, un modo de entender la vida que nos hace diferentes. Porque, cuando todo lo auténtico desaparezca, no podremos recuperarlo. Y entonces, sí que sí, viviremos en ese mundo uniforme, sintético y sin alma que algunos parecen desear.
Que cada cual piense lo que quiera, pero que piense. Y que, al menos, tenga claro que, aunque no te gusten, los toros merecen ser defendidos.
Viva Málaga.