Que Julia Roberts nunca hasta hoy hubiera visitado la Mostra de Venecia, un festival que siempre encuentra excusas buenas para invitar a estrellas de Hollywood como ella, puede parecer una anomalía pero, en realidad, sirve para ilustrar la limitada productividad artística mostrada por la actriz especialmente a lo largo de las dos últimas décadas. La película que finalmente la ha traído al certamen italiano, ‘Caza de brujas’, no solo incluye el que sin duda es uno de sus papeles más sustanciosos en ese periodo sino que también es la más capaz de generar debate de toda su filmografía posterior a ‘Erin Brockovich’ (2000); no en vano aborda asuntos tan candentes como los abusos sexuales, la cultura de la cancelación, las divisiones internas del movimiento feminista y la brecha insalvable que separa a la Generación Z de casi todas las anteriores. «Su objetivo es hacer que la gente salga sintiendo emociones y defendiendo puntos de vista contrapuestos», ha dicho Roberts acerca de ella, y debe reconocerse que en ese aspecto la película es eficaz y, por tanto, hasta cierto punto valiosa a pesar de que varios de los métodos a los que recurre para dar que hablar resulten claramente problemáticos.
Resumida en pocas palabras, la historia que cuenta ‘Caza de brujas’ es la de una prestigiosa profesora de filosofía en la universidad de Yale que se ve atrapada en una encrucijada personal y profesional cuando, mientras un oscuro secreto de su propio pasado amenaza con salir a la luz, una de sus alumnas más aventajadas (Ayo Edebiri) acusa a uno de sus colegas (Andrew Garfield) de haberla violado; inmediatamente, la estudiante culpa a su mentora de no creerla y no apoyarla, y eso es exactamente lo mismo que le achaca el profesor señalado, convencido de su inocencia. A partir de esa premisa, decimos, el director Luca Guadagnino enfrenta no solo dos formas de entender el feminismo -una, que defiende combatir el sistema heteropatriarcal desde dentro; la otra, más consciente y reacia a hacer ese tipo de concesiones- sino también a la generación Z, tan envenenada de sus aires de superioridad que está dispuesta a deslegitimar todo el pensamiento universal porque contraviene su visión del mundo, de la generación X, tan trasnochada que ni siquiera es capaz de llamar lo no binario por su nombre.
Aires de importanciaEntretanto, la película se muestra desesperada por darse aires de importancia. Por un lado, exhibe con orgullo su supuesta sofisticación intelectual, apenas dejando que sus personajes respiren mientras citan a Foucault, Hegel, Heidegger, Nietszche y Adorno o haciéndoles decir cosas como «la subjetivación y la desubjetivación de la ética de la virtud», o algo parecido. Por otro, presume de presentar dilemas morales complejos, pero con ese fin nos pone varias trampas, como esconderse información en la manga de forma oportunista, hacer que sus personajes hablen como si estuvieran declamando columnas de opinión u obligarlos a comportarse como ningún ser humano con sentido común lo haría, simplemente porque eso es lo que la película necesita para poder seguir avanzando.
Es, dicho de otra manera, una película convencida de que todo vale para interpelar al espectador, incluso imitar los títulos de crédito que Woody Allen, cineasta cancelado, ha usado tradicionalmente en su cine. «Cuando empecé a trabajar en ella, pensé en ‘Delitos y faltas’ (1989), ‘Otra mujer’ (1988) y otros de los títulos que componen el gran trabajo que Allen hizo entre 1985 y 1991», ha explicado hoy Guadagnino al respecto. «Además, me pareció interesante hacer un guiño a un cineasta que, como él, ha afrontado ciertos problemas, y plantear cuál es nuestra responsabilidad al revisar el trabajo de un artista al que amamos».
Tropiezo de Park Chan-wookEl segundo plato fuerte de la jornada en el certamen veneciano ha sido la nueva película de Park Chan-wook, ‘No Other Choice’, segunda adaptación cinematográfica de la novela que en su día sirvió de inspiración a Costa Gavras en ‘Arcadia’ (2005): ‘The Ax’, de Donald E. Westlake, retrato de un hombre decidido a conseguir un nuevo empleo tras perder el puesto que había ocupado durante décadas y que, después de una larga e infructuosa búsqueda, decide eliminar a su competencia sea como sea.
A lo largo de un metraje que nunca llega a justificar su longitud -casi dos horas y media-, y durante el que el maestro coreano deja claro que la comedia negra no es su fuerte, la película adopta una estructura narrativa más bien tediosa para cargar contra lo analógico, contra lo digital, contra la masculinidad tóxica, contra la cultura del trabajo y contra casi todo. Su tesis final es que el sistema capitalista lo destruye todo y, por tanto, al menos igual de compleja que otras como «fumar perjudica la salud» o, incluso, «el agua moja».
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